A la hora de querer ganar al bingo, uno busca encontrar el más mínimo detalle que haga que la suerte se incline hacia uno. Y como bien sabemos, en cuestiones de juegos de azar, especialmente en el bingo, las ventajas que podemos sacar son casi nulas.
Es cierto que todos podemos desarrollar habilidades (siempre hablando en términos terrenales), con el fin de convertirnos en un mejor jugador, pero a mi criterio, creo que la suerte es ciega y todo aquello que intentemos hacer para que nos vea, carece de sentido, siempre que el juego de azar sea el bingo y no otro.
Pero antes de hablar de la suerte, es bueno definirla para que el lector no entre en acepciones erróneas. La suerte es algo así como un conjunto de sucesos afortunados o desafortunados. Todo depende de cómo se aplique.
Ahora bien, si somos personas racionales, vamos a entender a la suerte como un montón de sucesos causales que suceden más allá del control nuestro (o de la persona). Pero si somos más espirituales, vamos a entender que este fenómeno o conjunto de sucesos es la suma de determinados actos que hagamos (llamémoslos sacrificios, rituales o actos de fe).
Claro que hay juegos de azar donde la habilidad, puede jugar un papel preponderante en determinados juegos como el póker, donde cada jugador debe ser un verdadero observador de sus contrincantes, memorioso con las jugadas de los mismos y un sinfín de habilidades que ayudan, y mucho, para que la llamada suerte nos juegue a nuestro favor. Pero esto, no ocurre en juegos como el bingo.
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