Uno de los aspectos del juego del póker es, sin dudas, el de invitar a nuestros rivales a cometer errores forzados. Tenderles pequeñas trampas. Darles la posibilidad de que se equivoquen gracias a nuestro mérito. Para eso les dejaremos el anzuelo listo para que piquen, y cuando el momento propicio haya llegado recogeremos nuestro pez gordo.
Nos estamos refiriendo, por supuesto, a que debemos procurar que las interpretaciones que hagan de nuestra mano no solo sean incorrectas, sino que sean las que a nosotros nos conviene que sean.
No solo queremos ocultar. No solo queremos desviar la atención. Queremos conducirla. Ese debe ser nuestro objetivo, presuponiendo, claro está, que estamos enfrentándonos con quienes sean capaces de prestar atención a determinado tipos de signos identificables y asignables a una conducta anterior.
Hay dos modos básicos de encarar el asunto. El primero, enviar falsas señales. Para ello utilizamos nuestros gestos, nuestro cuerpo, nuestra mirada o nuestras palabras.
La segunda modalidad es aún más interesante. Contribuiremos a que el otro construya una imagen errónea de nuestra forma de jugar, jugando de un determinado modo en manos que no nos resulten costosas y en las que podamos ser dejados en evidencia, cosechando dividendos en el momento preciso.
Ahora bien, la cuestión se pone más compleja si aquellos con los que nos toca enfrentarnos son lo suficientemente buenos como para estar atentos a la posibilidad de que se esté utilizando una estrategia de este tipo. Si nuestros rivales sospechan que podemos estar fingiendo para conducirlos secretamente a nuestra tela de araña, eso podría hacer peligrar toda la trama que hayamos creado.
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